REFUGEES WELCOME TO CATALONIA: A PRACTICAL GUIDE

viernes, 2 de marzo de 2012

Isis - Hatsheput - Eco - Rodin

Como Osiris, Isis aprendió en Egipto los misterios del nacimiento incesante.
Conocemos su imagen: esta diosa madre dando de mamar a su hijo Horus, como mucho después la Virgen María amamantó a Jesús. Pero Isis nunca fue muy virgen, que digamos. Hizo el amor con Osiris, desde que se estaban formando, juntos, en el vientre de la madre, y ya crecida ejerció durante diez años, en la ciudad de Tiro, el oficio más antiguo.
En los miles de años siguientes, Isis anduvo mucho mundo, dedicada a resucitar a las putas, a los esclavos y demás malditos.
En Roma fundó templos en medio del pobrerío, a la orilla de los burdeles. Los templos fueron arrasados por orden imperial, y  fueron crucificados sus sacerdotes; pero esas mulas tozudas volvieron a la vida una y otra vez.
Y cuando los soldados del emperador Justiniano trituraron el santuario de Isis en la isla Filae, en el Nilo, y sobre las ruinas alzaron la católica iglesia de san Esteban, los peregrinos de Isis siguieron acudiendo a rendir homenaje a su diosa pecadora, ante el altar cristiano.


Espejos, Eduardo Galeano

Hatsheput


Su esplendor y su forma eran divinas, docella hermosa y floreciente.
Así se describió, modestamente, la hija mayor de Tutmosis. Hatsheput, la que ocupó su trono, guerrera hija de guerrero, decidió llamarse rey y no reina. Porque reinas, mujeres de reyes, había habido otras, pero Hatsheput era única, la hija del sol, la mandamás, la de veras.
Y este faraón con tetas usó casco y manto de macho y barba de utillería, y dio a Egipto veinte años de prosperidad y gloria.
El sobrinito por ella criado, que de ella había aprendido las artes de la guerra y del buen gobierno, mató su memoria. Él mandó que esa usurpadora del poder masculino fuera borrada de la lista de los faraones, que su nombre y su imagen fueran suprimidos de las pinturas y de las estelas y que fueran demolidas las estatuas que ella había erigido a su propia gloria.
Pero algunas estatuas y algunas inscripciones se salvaron de la purga, y gracias a esa ineficiencia sabemos que sí existió una faraona disfrazada de hombre, la mortal que no quiso morir, la que anunció: Mi halcón vuela hacia la eternidad, más allá de las banderas del reino...
Tres mil cuatrocientos años después, fue encontrada su tumba. Vacía. Dicen que ella estaba en otro lado.

Eco
En otros tiempos, la ninfa Eco había sabido decir. Y con tanta gracia decía, que sus palabras parecían no usadas, jamás dichas antes por boca ninguna.
Pero la diosa Hera, la esposa legal de Zeus, la maldijo en uno de sus frecuentes ataques de celos. Y Eco sufrió el peor de los castigos: fue despojada de voz propia.
Desde entonces, incapaz de decir, sólo puede repetir.
La costumbre ha convertido esta maldición en alta virtud.


Espejos, Eduardo Galeano

The Story Behind Rodin’s ‘The Kiss’ 

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