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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Castellio: homenaje a un hombre libre (tolerancia frente a intolerancia)

Tolerancia frente a intolerancia. Libertad frente a tutela. Humanismo frente a fanatismo. Individualismo frente a mecanización.Conciencia frente a violencia. Este es el credo de Sebastián Castiello.
"Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre."—Sebastian Castellio.

Stefan Zweig publicó en 1936 en alemán el libro Castellio contra Calvino como homenaje al que fuera, junto con Erasmo, uno de los primeros pensadores en hacer de la tolerancia el principio rector de su obra y su vida y en crítica abierta contra el nazismo. En la introducción al libro Zweig escribió:
"Desde el punto de vista del espíritu, las palabras "victoria" y "derrota" adquieren un significado distinto. Y por eso es necesario recordar una y otra vez al mundo, un mundo que sólo ve los monumentos de los vencedores, que quienes construyen sus dominios sobre las tumbas y las existencias destrozadas de millones de seres no son los verdaderos héroes, sino aquellos otros que sin recurrir a la fuerza sucumbieron frente al poder, como Castellio frente a Calvino en su lucha por la libertad de conciencia y por el definitivo advenimiento de la humanidad a la tierra"

Tres son los personajes fundamentales de este libro: Calvino, Castellio y Servet y en la parte final de esta entrada podréis leer un 'Quién es quién'. La suma de las reflexiones de Zweig, Castellio y mías demuestran que, desgraciadamente, muchas atrocidades no pierden actualidad.
Si Sebastian Castellio no hubiera escrito más que ese prefacio al libro De Haereticis y en ese prólogo únicamente esa página, su nombre tendría que ser inmortal en una historia de la tolerancia, pues cuán solitaria se alza esa voz, qué pocas esperanzas tiene su conmovedora súplica de ser escuchada en un mundo en el que las armas resuenan por encima de las palabras y en el que la guerra se apodera de las últimas decisiones.
Estamos hablando del siglo XVI y ¡qué poco difiere del  siglo XXI!
Cada época escoge siempre a un grupo de desdichados para descargar sobre ellos el odio colectivo reprimido. Siempre un pequeño y débil grupo es elegido por el más fuerte, ya sea a causa de su religión, ya sea por el color de su piel, por su raza, origen, ideales sociales o ideología, para descargar sobre él las energías de destrucción latentes en el ser humano. Las consignas, los pretextos cambian, pero los métodos de la calumnia, el desprecio y el exterminio son siempre los mismos. Recordemos las palabras que últimamente han utilizado muchos políticos para culpar de todo a los inmigrantes, a los 'sin-papeles'. 'Primero los de casa' ha sido un eslógan que ha conseguido muchos votos, otros sin escribirlo han enviado el mismo mensaje subliminal en sus discursos xenófobos y en su práctica política diaria.
¿Qué pasa en el mundo? ¿Qué pasa en Siria, China, Yemen, Marruecos, Israel, Indonesia, Irán, Cuba, Venezuela, Qatar, Arabia Saudita, ..?¿Quién tiene, sin embargo, derecho a juzgar las ideas de una persona? ¿A equiparar sus convicciones internas y privadas con un delito común? No lo tiene el Estado, las autoridades.... El poder del Estado no tiene competencia en materias de opinión. Sólo hay una cosa que puede salvar a la humanidad de semenjantes barbaridades: la tolerancia. Nuestro mundo tiene espacio para muchas verdades y no sólo para una, y simplemente si las personas quisieran, podrían convivir unas con otras.
La frase de Calvino en el siglo XVI 'la libertad de conciencia es una doctrina del diablo' podría ser perfectamente asumible por cualquier integrante del Tea Party de los EEUU, o incluso del partido conservador español, el Partido Popular y su fábrica de ideología FAES.
Desde que comenzó el mundo, todos los males han venido de los doctrinarios, que, intransigentes, proclaman su opinión y su ideario como los únicos válidos. Esos fanáticos de una sola idea y un único proceder son los que, con su despótica agresividad, perturban la paz en la tierra y quienes transforman la natural convivencia de las ideas en confrontación y mortal disensión. La parcialidad en el pensamiento lleva inevitablemente a la injusticia en el modo de proceder. Allí donde una persona o un pueblo están poseídos por el fanatismo de una única ideología, nunca hay espacio para el entendimiento y la tolerancia.
El problema, desgraciadamente, estriba en que en el fondo la mayoría de las personas teme su propia libertad y, de hecho, ante la agotadora variedad de los problemas, entre la complejidad y responsabilidad de la vida, la gran masa ansía la mecanización del mundo a través de un orden terminante, definitivo y válido para todos, que les libre de tener que pensar. Pero la realidad es que a ninguna persona se le debería imponer una concepción del mundo y sobre la conciencia de una persona ningún poder terrenal debería tener jamás autoridad.
Siempre a lo largo de los siglos y de la historia, todos los tiranos han buscado embellecer sus actos de violencia con algún ideal religioso o ideológico, pero la sangre ensucia cualquier idea. La violencia envilece cualquier pensamiento.
Nadie se libra de tener que delimitar una y otra vez libertad y autoridad, pues la primera no es posible sin la segunda, ya que en tal caso se convierte en caos, ni la segunda sin la primera, pues entonces se convierte en tiranía.
Las dictaduras, en el gran proyecto de la humanidad, suponen únicamente una corrección a corto plazo, y lo que de modo reaccionario pretende paralizar el ritmo de la vida, tras un breve retroceso, en realidad hace más que impulsarlo aún con mayor energía.
Cada día, en las noticias vemos que la violencia se renueva adquiriendo nuevas formas en cada época, también la lucha contra ella ha de ser renovada constantemente por los hombres y mujeres de espíritu. No pueden huir con el pretexto de que el poder es demasiado fuerte en ese momento y de que, por tanto, no tiene sentido oponerse a él con la palabra, pues jamás lo necesario se ha dicho demasiado a menudo, y la verdad, jamás en vano. Aun cuando no venza, la palabra demuestra su eterna actualidad, y quien la sirve en semejante momento ha dado pruebas, por su parte, de que ningún terror tiene poder sobre un espíritu libre y de que incluso en el más inhumano de los siglos hay espacio para la voz de la compasión.
Castellio en su capítulo final decía "El mundo es improductivo y estéril cuando no está lleno de alegría ni estimulado por la práctica de la libertad".

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Quién es quién:

Zweig empieza relatando la vida de Calvino, su acceso al poder en Ginebra, motivado por el hecho de haber escrito su famoso libro de la Institución Religiosa, un libro con el que culmina y cierra la reforma protestante iniciada años antes por Lutero.
 Nos refiere su primera caída, cuando los ginebrinos vislumbraron la intolerancia de ese hombre, y decidieron quitarle los poderes que le habían otorgado. Posteriormente, cuenta los motivos que le llevaron de nuevo al poder en esa misma ciudad; un poder y una posición de la que ya nunca se apartaría, a la que se aferraría con una violencia y con una mezquindad sólo comparable a la dureza de sus disposiciones y sus normas. Así, Stefan Zweig, de una manera detallada y precisa, describe la terrible tiranía que Calvino impuso en Ginebra.
Después presenta la figura de Sebastian Castellio (1515-1563), hablando de él, de su educación y de su llegada a Ginebra.
 De su primer enfrentamiento con Calvino, que le valió el destierro, el alejamiento para siempre de la ciudad que Calvino había convertido en su propio y oscuro reino. Nos habla de la disparidad enorme de sus caracteres y de sus opiniones. En uno de sus discursos expone:
"Os pido por el amor de Cristo que respetéis mi libertad y renunciéis al fin a cubrirme con falsas acusaciones. Dejad que profese mi fe sin coaccionarme, tal y como se os permite a vosotros la vuestra y como espontáneamente la reconozco. De todos aquellos cuya doctrina se aparta de la vuestra, no supongáis que están en un error, y no les acuséis acto seguido de herejía... Aunque yo, como otros muchos devotos, interprete la Escritura de un modo distinto a como lo hacéis vosotros, profeso con todas mis fuerzas la fe dc Cristo. Seguramente uno de nosotros está equivocado, pero precisamente por eso amémonos el uno al otro. El Maestro revelará un día la verdad al que está equivocado. Lo único que sabemos con seguridad, tú y yo, o al menos deberíamos saber, es el compromiso de amor cristiano. Practiquémoslo y, al hacerlo, cerremos así la boca a todos nuestros adversarios. ¿Consideráis que vuestra interpretación es la correcta? Los demás piensan lo mismo de la suya. Que los más sabios se muestren, por tanto, como los más fraternales y que no permitan que su saber les vuelva arrogantes, pues Dios lo sabe todo y doblega a los orgullosos y ensalza a los humildes."
Y tercer lugar aparece la figura de Miguel Servet, la excusa que propició el enfrentamiento, un médico y teólogo que defendía una peculiar doctrina por la que quería reformar el concepto cristiano de la trinidad.

Siempre según el relato de Zweig, Miguel Servet escribió a Calvino contándole su teoría, y mandándole parte de su libro, con la esperanza de encontrar en él el apoyo de un hombre famoso y reconocido por su tiempo. Calvino se irritó con Servet, y con su texto y sus teorías, que por no ser suyas, las consideraba una herejía, teorías propias de un demonio. No se acordaba Calvino de que él mismo había expuesto en su libro teorías que destruían con virulencia otras teorías cristianas anteriores. Miguel de Servet, bajo un nombre falso, Michel de Villeuneve, y costeándolo con sus propios recursos, publica su libro "Christiani Restituto". Creía Servet que el nombre falso lo protegería de los ataques de los religiosos, pero Calvino identifica a Servet como autor de ese libro. Y para demostrarlo cuenta con las cartas de Servet, y una copia de gran parte del propio libro antes de haber sido publicado. Lo condena así en todo el mundo, tanto en el cristiano como en el protestante, por su herejía, siendo el castigo para su 'delito' el mismo para todos: la hoguera.
Tiempo después es capturado por Calvino, y tras un juicio es condenado a la hoguera, donde muere entre terribles padecimientos.
Es entonces cuando Castellio estalla, y decide hacerle frente a Calvino. Para ello se dedica a escribir un libro en el que denuncia la falsedad de todo el proceso contra el teólogo español. El libro lo tituló: Contra Libelum Calvini. En ese texto aboga claramente por la libertad de pensamiento, y tiene el atrevimiento de llamar a la condena de Servet crimen, asesinato. Zweig cita algunos pasajes de ese libro, y repite varias veces la cita siguiente, como resumen y símbolo del mismo:
"Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre."
Castellio pretendía publicar su libro en Holanda, el lugar donde mayores libertades de imprenta había. Pero los espías de Calvino informan de lo que pretende Castellio y consiguen que ese libro no salga a la luz. Sólo después de la muerte de ambos, la humanidad pudo conocer aquel lúcido y desgarrador grito a favor de la libertad que es ese texto.

Hasta aquí tenéis un resumen adaptado de la información encontrada en Wikipedia.