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domingo, 27 de septiembre de 2026

NOSOTROS





Àngels Oliveras Vilaseca 

18 de septiembre de 2026 

Un 19 de marzo, hace un par de años, la ilustradora algecireña Quan Zhou publicó en las redes sociales una foto suya y de su padre, con un corazón rojo entre ellos, con el texto: 

Feliz día a los padres migrantes. A quienes dejaron una vida atrás para construirnos una a nosotras, a quienes se enfrentaron al choque cultural con sus hijas, a quienes aceptaron nuestra identidad cultural, distinta de la suya, a quienes entendieron que, aunque nuestras lenguas maternas sean diferentes, los abrazos son iguales. 

El escritor londinense Musa Okwonga explicaba en un programa de televisión neerlandés (1) cómo vive el hecho de ser una persona negra en una sociedad mayoritariamente blanca: 

En mi ciudad natal hay sitios por los que no puedo pasear porque me atacarían. Tampoco puedo entrar en cualquier local a tomar una copa y ponerme a charlar. A veces veo mi cuerpo como si fuera un vehículo del que no puedo salir. Y cuando voy por la calle, la gente que me ve hace lo que haría al ver a un conductor borracho: apartarse. Cuando me levanto por la mañana, me miro en el espejo y veo a una buena persona en el cuerpo de un monstruo. Soy un monstruo para mucha gente, y eso no puedo evitarlo ni lo he elegido. Aunque mucha gente me dice: «no es verdad, no es para tanto», sí que es verdad: así lo vivo yo. Porque, después de 40 años en este cuerpo, sabes de sobra cuándo te tienen miedo. Pero no tengo más remedio que seguir dentro de él. No debería ser mi problema, pero desde luego que lo es. 

El senegalés Mamadou Lamine Sagna, jubilado de 72 años y residente en Murcia, en una entrevista para Afromayores (2), expresa su preocupación hacia el futuro de las próximas generaciones: 

A día de hoy tengo miedo. ¿Qué será de mis hijos en el futuro? ¿Qué será de mi nieto? Han adoptado el 10 % de la cultura de mi país y el 90 % de la cultura de aquí. 

Pero Vox…, ¿sabes qué cultura tiene?, ¿qué mentalidad tiene? Si estos partidos están de repente por toda Europa, ¿qué será de los hijos negros? Es algo que me seguirá preocupando hasta en la tumba.

¿Cómo será el futuro? Tienen sus vidas y sus amigos, y puede que los defiendan, pero…


He elegido estas tres voces porque lo que dicen me ha parecido significativo. Muestran tres aspectos clave en muchas experiencias migratorias: el choque cultural de la primera generación de personas que migran, el proceso de construcción identitaria de las generaciones posteriores, que en muchas ocasiones ya han nacido aquí, y, por otra parte, el racismo que sufren las personas racializadas, (3) sean migradas o no. 

No solo Mamadou está preocupado por el futuro de sus hijos y nietos, ya que son personas negras. Otras muchas familias que migraron de China, Pakistán, Marruecos, Malí, Gambia, etc., y se establecieron aquí en Caldes, en Cataluña o en el resto del Estado, comparten una inquietud similar. Y es que ven que estos niños y jóvenes, que han nacido y se han criado aquí, que han hecho suyas la lengua o las lenguas del país, que estudian, trabajan y tienen amigos, como cualquier otro joven, se ven enfrentados a un rechazo creciente porque su aspecto físico les impide pasar desapercibidos: ese es un privilegio de quienes, por su apariencia, no se ven como personas migradas. 

Durante el tiempo que viví en los Países Bajos, toda la década de 1980, me equivoqué de medio a medio al pensar que, solo por aprender la lengua y esforzarme por entender la sociedad y participar en ella, me considerarían fácilmente una vecina más. La realidad fue que muchas veces, por mi aspecto físico, me veían como una persona racializada, procedente de algún país del sur (Turquía, Grecia, Portugal, Italia, España...), y cada dos por tres soltaban comentarios llenos de tópicos y prejuicios referidos a la cultura de la que yo, supuestamente, formaba parte (paella, toros, siesta, machismo, catolicismo, llegar tarde, trabajar poco, etc.). Por suerte, también había personas verdaderamente interesadas en mí como persona, al margen de mi aspecto o de mi origen. 

Así pues, el esfuerzo individual no es suficiente para que te consideren una persona «integrada», un vecino o una vecina más. La mirada externa, que no depende de ti, desempeña un papel fundamental.


¿Cómo puedes sentir que formas parte de una sociedad si se empeñan en verte solo como alguien de fuera? Aunque hayas nacido aquí, si no tienes la apariencia que se considera «de aquí», te «extranjerizan» (como dice la periodista Lucía Mbomío) con miradas y comentarios del tipo: «¿de dónde eres?», ¿cuánto tiempo llevas aquí?», «qué bien hablas el catalán», etc. 

Debemos tener en cuenta que la discriminación racial es un determinante clave de la salud: es una experiencia acumulativa que deteriora la salud mental, erosiona el sentido de la pertenencia y genera soledad (4). La discriminación, además, tiene otro efecto: tiende a empujar a quienes la sufren a relacionarse más con su propia comunidad. Es una reacción comprensible, ya que la gente busca apoyo donde se siente reconocida (5). 

Las personas somos mucho más que nuestro aspecto y nuestro origen. Somos muchas cosas: somos hijas, hermanas, tías, madres, padres; tenemos aficiones y manías; nos gusta el queso, el chocolate, la sandía, leer, pasear, ir al cine, jugar a pimpón; somos personas creativas, divertidas, extrovertidas o más bien tímidas, más o menos sociables; tenemos formación básica o universitaria, más o menos facilidad para aprender idiomas; nos encanta la playa o preferimos quedarnos en casa con un buen libro o jugando con los críos. Cada persona es un mundo, un mundo complejo, que no podemos reducir a una o dos características. Cuando ves a la persona que tienes delante como ese ser único e irrepetible que es, le estás haciendo justicia. Así es como todos queremos que nos vean, con nuestras particularidades únicas y todo nuestro potencial. 

La tendencia a generalizar, a meter a todo un grupo en el mismo saco, duele mucho, y todos lo sabemos porque seguro que lo hemos sufrido en algún momento. Igual de perniciosa es la tendencia a dividir el mundo entre «ellos» y «nosotros», en el que se atribuyen todas las virtudes al grupo propio y se culpa, se deshumaniza o se ve como una amenaza al ajeno. El discurso de odio, que ya se ha normalizado en el contexto actual, no sería posible sin el caldo de cultivo que constituyen las personas, los partidos políticos y los medios de comunicación que promueven esta narrativa deshumanizadora de «ellos» y «nosotros». 

Las personas con las que nos cruzamos por la calle, con las que compartimos espacios (plazas, escuelas, centro de salud, biblioteca, tiendas, etc.) son vecinos y vecinas, tengan el aspecto que tengan, y así deberíamos vernos y tratarnos unos a otros, para sentir que verdaderamente formamos parte del municipio en el que vivimos. 

Porque todos y todas somos nosotros. 



(1)VPRO Tegenlicht: «De post-racistische planeet», 4 de octubre de 2020.

(2) Legado Afromayor: https://youtu.be/31nN3U9bz94?si=70OfWPBS207n9Huh

6 de septiembre de 2026 

(3) Las personas racializadas son las personas susceptibles de sufrir racismo, sobre todo por su aspecto físico. 

(4) LEIGH-HUNT, N. et al. (2017) «An overview of systematic reviews on the public health consequences of social isolation and loneliness» («Visión general de las revisiones sistemáticas sobre las consecuencias para la salud pública del aislamiento social y la soledad», Public Health, 152:157-171.

(5) STRANG, A. B.; QUINN, N (2021): «Integration or isolation? Refugees’ social connections and wellbeing», («¿Integración o aislamiento? Conexiones sociales y bienestar de los refugiados»), Journal of Refugee Studies, 34(1), 328-353


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